21 de septiembre 2006 - 00:00

"Agua"

La fotografía (a cargo de la notable Sabine Lancelin) y el sonido permiten apreciar debidamenteel agua, la otra protagonista de un bello film, cuyo estilo de narración puede resultaralgo hermético.
La fotografía (a cargo de la notable Sabine Lancelin) y el sonido permiten apreciar debidamente el agua, la otra protagonista de un bello film, cuyo estilo de narración puede resultar algo hermético.
«Agua» (Argentina-Francia, 2006, habl. en español). Dir.: V. Chen. Guión: V. Chen, P. Lago. Int.: R. Ferro, N. Mateo, G. Carrá, J. Anganuzzi, D. Alonzo, L. Balcarce.

No es fácil seguir con la cámara un torneo desde el fondo de la pileta, a la misma velocidad que los competidores y con los resguardos debidos al aparato, y que la imagen salga hermosa, o una carrera en aguas abiertas, donde la embarcación en que va el cameraman se mueve, y la corriente altera gustosa y continuamente el foco. Se impone entonces, en primer término, el elogio de la franco-zaireña Sabine Lancelin. Nuestro público ya había visto algo suyo en films de Eric Rohmer, Raoul Ruiz, y Manoel de Oliveira, pero esto es todavía más destacable.

Y no es ofensivo, en este caso, empezar el comentario elogiando la fotografía, ya que la propia realizadora Verónica Chen ha querido que la fotografía sea, en este caso, poco menos que protagonista de su relato. Es por el trabajo de imagen, además, y por el trabajo de sonido, que podemos apreciar debidamente el agua, que es la otra cuasi protagonista, y la relación del agua con los nadadores, ese ensimismarse de los nadadores en el murmullo y la presión del agua, esa sensación de lejanía que tienen los demás sonidos, las voces de los otros, la propia existencia de los otros, ese dejarse envolver que puede traicionar a un hombre, apenas se descuide, o puede fortalecerlo. Todo eso contribuye a la sensación de enrarecimiento de la historia que aquí se cuenta. Y que voluntariamente dista de inscribirse entre las películas deportivas, y busca otra cosa, exponer de modo oblicuo la relación entre un personaje poco frontal, veterano con fama de tramposo, y un novato que ha de servirle de apoyo, y de espejo, para reivindicarse (o confirmar su bajeza comprometiendo el futuro del otro).

El estilo de la obra, que incluye actuaciones deliberadamente poco naturales, puede alejar al espectador común. Al contrario, el registro semidocumental del maratón Santa Fe-Coronda deja con ganas de ver todavía más. Valga de paso, ya que estamos, el recuerdo del formidable maratón internacional Hernandarias-Paraná de 1964, cuando el argentino Horacio Iglesias y el egipcio Abou Heif, alias «el cocodrilo del Nilo», nadaron palmo a palmo durante diez horas largas, más de 80 kilómetros, sin poder sacarse la menor ventaja, hasta que, apenas a dos metros de la llegada, se detuvieron, se miraron, se tomaron las manos y dieron juntos las últimas brazadas. El público en la costanera los ovacionaba. Y no había nadie para filmarlos.

P.S.

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