28 de agosto 2007 - 00:00

Clásico Mores ayudado por ambiente de cabaret

Mariano Mores (piano, dir. Musical). Con G. Mores (teclados), A. Falasca (teclados), T. Gianninni (bandoneón), I. Riccio (batería), J. Scaffino (violín), E. Lettera (contrabajo). Cantantes: S. Mores, D. Cortés, G. Mores y A. Mores. Cuerpo de baile. (Teatro El Nacional).

No podría sentarle mejor a Mariano Mores el actual formato de mega café concert que tiene el teatro El Nacional. En medio de las mesas iluminadas por veladores de pantalla roja, y donde solamente falta la pista de baile, la orquesta del legendario músico es una suerte de «volver a vivir». No es un cabaret de la década del '40 sino un histórico teatro de la avenida Corrientes, pero aquellos viejos fantasmas sobrevuelan en la misma sala en la que Mores debutara -y él se lo recuerda al público desde el escenario- en la lejana década del '30 como pianista de Francisco Canaro.

Mores es el de siempre. Y así, una vez más, puede convocar al público con un estilo personal, influido por Canaro, en el que se mezclan el tango con la comedia musical, las canciones y la danza con el cabaret, la «mugre» rioplatense con el sonido internacional.

El músico -que en febrero cumplirá 90 años- aún exhibe una vitalidad envidiable. Se pone al frente de un quinteto de piano, bandoneón, violín, contrabajo y batería reforzado por teclados y sonidos sampleados, de los cantantes Daniel Cortés, su hija Silvia, su nieto Gabriel, su sobrino Ariel, y sus bailarines con la soltura de quien sólo está haciendo esto porque no puede dejar de hacerlo. Mores reitera sus viejos éxitos («Una lágrima tuya», «Tanguera», «El firulete», «Taquito militar», «Cuartito azul», «Adiós pampa mía») y evoca a varios de sus autores más queridos con títulos como «La comparsita», «Tierra querida», «Canaro en París» o «Quejas de bandoneón». Repite imágenes evocativas, artísticas y familiares, que sus seguidores ya han visto en espectáculos anteriores. Agradece una y mil veces la posibilidad de seguir estando sobre un escenario y frente a un público que incluye a muchos jóvenes.

No hay sorpresa, pero tampoco es eso lo que se pretende de un artista clásico y consagrado. Hay, sí, un pianismo que es -aunque no siempre se lo mencione- una de sus mayores virtudes. Y está la permanente emoción de encontrarse en persona con uno de los mayores compositores que ha dado la música de Buenos Aires.

R.S.

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