El formato de
musical y las
«actualizaciones»
no logran mejorar
un libreto que hoy
resulta
anacrónico, y sólo
la divertida
composición de
Diego Reinhold le
da algo de brillo a
la puesta.
«La fiaca» de R. Talesnik. Mus. Orig. y Dir. Musical: G. Goldman. Dir. Gral.: V. Ambrosio. Int.: D. Reinhold, E. Roger, D. María,P.Menahem y otros. Coreog.: D. Bros. Esc.: A. Repetto. Dis. Luces: S. Pujía. Vest.: J. César y M. Begni. (Teatro «Broadway 2».)
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Como un desorientado viajero en el túnel del tiempo, el protagonista de «La fiaca» vuelve a despotricar contra la oficina sin tener en cuenta que el mercado laboral argentino ya no es el mismo que en la década del '60. Néstor Vignale, el personaje que hizo famoso a Norman Briski (primero en teatro y luego en cine), es un empleado eficiente que de la noche a la mañana, un lunes decide faltar al trabajo y dedicarse al dolce far niente hasta tanto descubra qué hacer con su vida.
Una decisión como ésta podía ser tomada, en 1967, como un acto de rebeldía o como la crisis de un idealista angustiado por la falta de creatividad. Eran los tiempos del «flower-power» y de la lucha «anti-sistema», un contexto muy propicio para que Vignale sacara a relucir el hippie que llevaba dentro. En la Argentina de hoy, en cambio, la situación de este personaje resulta inverosímil. Ricardo Talesnik, autor de la pieza original, reescribió la obra con el fin de aggiornarla, pero no pudo ver que el problema era de fondo. En primer lugar ninguna empresa le seguiría la corriente a un empleado en pleno brote de rebeldía, por más eficiente que haya sido. Tampoco parece razonable que Vignale le eche la culpa de todas sus desdichas a la compañía cuando ni él mismo sabe lo que quiere, y mucho menos que aparezca como un héroe ante los medios de comunicación. Su comportamiento es el de un adolescente tardío («yo nunca me hice la rata» se lamenta, como si ésa fuese la verdadera razón de su crisis actual).
Esas y otras falencias por el estilo hacen que la obra se empantane en sus propias contradicciones y anacronismos (la joven esposa del protagonista sufre por tener que cocinar y limpiar azulejos como si viviera en los tiempos de Doña Petrona, mientras que su suegra va vestida de animal print igual que Susana Giménez).
El formato de musical no ha logrado mejorar el libreto. Ni las melodías ni los cuadros coreográficos aportan elementos que enriquezcan la trama. Sólo la composición de Diego Reinhold -una divertida variante del síndrome «Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia»- logra darle cierto brillo al espectáculo.
Dos escenas de la obra acaparan todos los aplausos: la aparición de la madre (Diana María parodiando a una diva de ópera) y los juegos de guerra entre Vignale y Peralta (Peto Menahem en uno de sus mejores trabajos para la escena). Por su parte, Elena Roger (la esposa) defiende con garra y oficio un papel poco interesante (a Norma Aleandro no le fue mejor en la película de Fernando Ayala).
La directora Valeria Ambrosio («Mina che cosa sei...») reforzó con acierto los pasos de comedia, tratando de evitar cierto esquematismo televisivo presente en el guión (escenas consebidas como gags, chistes de grueso calibre), pero poco pudo hacer frente a la confusión ideológica de estos personajes y a las pocas facetas que ofrece su historia.
La idea de transformar una pieza argentina en comedia musical es un desafío demasiado grande, en el que han fracasado hasta los más expertos. Sirvan como ejemplo las adaptaciones fallidas de «La nonna» de Roberto Cossa en el Teatro Alvear y «El grito pelado» de Oscar Viale en el Teatro de la Ribera.
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