28 de octubre 2005 - 00:00

"Mustafá" que interpreta bien a Armando Discépolo

«Mustafá», de A. Discépolo y R. De Rosa. Dir.: M. De Giorgio y R. Piris. Grupo de Teatro Rioplatense (M. De Giorgio, R. Piris, R. Barrie, R .Caute, F. Villanueva, V. Herrera, F. Caló, S. González). Teatro Carlos Carella (Bartolomé Mitre 970). Viernes a las 21.

" Estos personajes no quieren ser caricatura, quieren ser documento"
. Esta es la advertencia de Armando Discépolo para quienes decidan llevar su obra a escena, y el grupo de Teatro Rioplatense es una de las pocas compañías que en los últimos años ha respetado la recomendación. Los directores María De Giorgio y Ricardo Piris, conocen la diferencia entre lo grosero y lo grotesco, fundamental para representar fielmente esta clase de pieza; han tomado también en cuenta otra sugerencia del autor: «presencias brillosas, pero nunca payasescas, nunca groseras».

El arte es un juego en el límite mismo de lo creíble, y el teatro grotesco, fácil y libre en apariencia, presenta la enorme dificultad de trabajar con personajes fronterizos, híbridos que habitan simultáneamente dos mundos. El turco Mustafá y Don Gaetano son seres que padecen un doble transplante, patria y lengua; el conventillo equivale en definitiva al convento, lugar de su soledad y su anhelado Dios es la integración, la pertenencia. El billete de lotería premiado que el turco y el italiano se disputan es la conquista de ese mundo, la identidad que dramáticamente se les niega.

Mustafá
, bien interpretado por Piris, representa al eterno errante, al vendedor paria. Ningún tipo de inmigrante, salvo la prostituta, parece tan desdichado como el pobre mercachifle. Apenas diez años antes del estreno de esta obra, diez vendedores turcos fueron víctimas del canibalismo de indios araucanos en el sur del país; los viandantes sostuvieron como disculpa: «los turcos no son gente». Gaetano, el otro dueño del conflictivo billete, también acertadamente interpretado por Ricardo Barrie, tiene pese a su pobreza, un trabajo vinculado con la tierra y un lugar menos precario, la verdulería. La traición de Mustafá tiene algo de bíblico. Las ratas devorando el billete oculto ejecutan el castigo divino y alejan la tierra prometida. La obra no alude sólo a nuestro origen, nuestros grotescos abuelos, es también una dramática parábola de nuestro presente con miles de argentinos dispersos balbuceando idiomas desconocidos e intentando hallar un lugar en lejanas naciones.

Fiel al texto original, con atinadas actuaciones de Roberto Caute, Felipe Villanueva, Violeta Herrera y Fabián Caló, remarcable es la Constantina de Silvia González, escenografía y vestuario logrados y bajo una dirección inteligente, puesta al servicio de la obra y del público, este «Mustafá» constituye un gratificante espectáculo.

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