"Fafherland", tierra patria, triste, irónico título tiene la nueva obra de Pawel Pawlikowski. En ella imagina cómo habrá sido el regreso del escritor Thomas Mann en 1949, tras 16 años de exilio y de lucha contra el nazismo. Toda la familia Mann luchó, tres de sus hijos incluso como voluntarios del ejército norteamericano. Ahora había terminado la guerra y, con la excusa del Bicentenario de Goethe, lo habían invitado a dar unas conferencias en Frankfurt, que estaba del lado occidental, y Weimar, controlada por los soviéticos. Gloria Nacional, Premio Nobel de Literatura, alguna gente, no mucha, lo recibe con aplausos. Otra le cuestiona su alejamiento, lo acusa falsamente, le inquiere por su posición política y su hogar definitivo. El hace una diferencia entre home, su residencia en California, y heimat, palabra alemana que podría traducirse como terruño, y es algo que se lleva en el alma dondequiera que uno se asiente.
Thomas Mann, un viaje de regreso entre los fantasmas de la guerra y la memoria
En Vaterland, Pawel Pawlikowski imagina el regreso de Thomas Mann a una Alemania dividida, seis años después del fin de la guerra. Con una puesta en escena austera y una banda sonora cargada de significados, la película explora la culpa, la hipocresía y las heridas que dejó el nazismo en una sociedad que todavía no sabe cómo reconciliarse con su pasado.
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Thomas Mann regresa a Alemania en 1949, entre los recuerdos de una patria perdida y las contradicciones de un país que intenta reconstruirse. Sandra Hüller y Hans Zischler protagonizan la nueva película de Pawel Pawlikowski.
Su mirada melancólica, a veces perpleja, busca la Alemania que alimenta su espíritu. En cambio, la hija que lo acompaña tiene una mirada agria, resentida con el padre por razones familiares, y también resentida con los alemanes en general. Es interesante ver cómo Pawlikowski va insertando temas musicales a manera de claves. En una cena de homenaje al escritor la cantante despliega un repertorio muy asociado a la época victoriosa del nazismo, como el "Musik, musik, musik" de la favorita Marika Rokk. En la calle, unos muchachones pasan cantando una marcha propia de la soldadesca germana. No el "Alte kameraden", que sería muy obvio, sino "In einem Polenstadtchen", que hace burla de una joven polaca. Más adelante, todavía en la zona controlada por los Aliados, la radio transmite un dixieland, el "Tiger Rag", por los Mills Brothers. Atravesando el bosque ajeno a toda maldad de los humanos se escucha, hermoso, el "Irgendwo auf der Welt" de los Comedian Harmonist. En algún lugar del mundo hay un poquito de felicidad, decía la canción. Los Comedian Harmonist no pudieron alcanzar ni ese poquito. Tres de sus integrantes eran judíos, y el régimen nazi los destruyó. Luego, llegando a la zona oriental, empiezan los coros militares rumbo al entusiasta, idealista "Auferstanden Aus Ruinen", resurgidos de las ruinas, que se convertiría en el himno nacional de la República Democrática Alemana. Ahí todo parece mejor. Pero al llegar la noche Thomas Mann y su hija verán la realidad que oculta el nuevo régimen. Y no podrán hacer nada. Tampoco habrá canciones.
¿Qué resta después de todo eso? Después de la vanagloria, la hipocresía y la falta de arrepentimiento de cada lado. Goethe, puede ser, pero no el que las autoridades evocan con un muñeco y un busto en rincones vacíos. O Mozart. O Bach, ese que suena en el órgano maltrecho de una iglesia en ruinas, "Wohl mir, das ich Jesum habe", si, puede ser. No nos toca decirlo. Pawlikowski expone todo esto a su manera, con estilo seco, medido, incisivo. Cada escena dice algo más allá de las palabras. El blanco y negro, el encuadre a la manera clásica, la precisión de los intérpretes, los diálogos concisos, los fragmentos de discursos tomados de las páginas del propio Mann, todo está bien, y dice mucho en esta obra que, para mayor virtud, tiene el beneficio de la brevedad. Dura apenas 82 minutos.
Postdata, algo sobre las figuras reales. Erika Mann, la hija mayor, fue escritora, actriz, corresponsal de guerra. No acompañó a su padre en este viaje, fue la esposa. Klaus Mann, el primer hijo varón, escritor, bohemio, soldado voluntario, muerto de sobredosis. Hubo otros cuatro hermanos, pero en el film solo se menciona al menor, Michael, músico. Betty Knox, corresponsal del "London Evening Standard", bailarina, amiga íntima de la hija. Gustav Grundgens, actor y director teatral muy talentoso y acomodaticio, que se llevó bien con todos los gobiernos y al menos intercedió a favor de algunos perseguidos. Walter Kold, alcalde socialdemócrata de Frankfurt varias veces reelecto. Wieland y Wolfgang Wagner, nietos del compositor, regisseurs, entre 1944 y 1951 buscaron por diversos medios la reapertura del Festival de Bayreuth hasta conseguirlo. Sergei Tiulpanov, coronel ruso, economista, director de Propaganda de la Administración Militar Soviética en Alemania. Comunista sincero, cayó en desgracia cuando se negó a denunciar a unos opositores. Johannes Becher, comunista desde joven, exiliado en Moscú durante la guerra, autor de la letra del himno de la RDA, llegó a ministro de Cultura de ese país y murió en paz. En cambio el autor de la música, el compositor Hans Eisler, fue víctima del macarthismo en EEUU y de la censura estalinista en Alemania Oriental. Queda en el aire un personaje, Arthur Quint, joven miembro de una CIA recién fundada. ¿Existió con ese nombre o fue un seudónimo? Algún día lo sabremos,
"Fafherland" (Vaterland, Ojczyzna, Alemania-Polonia-Italia-Francia, 2026); Dir.: Pawel Pawlikowski; Int.: Sandra Huller, Hans Zischler, August Diehl, David Striesow, Joanna Kulig."
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